10 December, 2025

Caos e Identidad

Por Facundo Oviedo

Según la tradición grecolatina, el Caos (“χάος” en griego y “chaos” en latín) es el estado primigenio del universo. De acuerdo con el autor que se refiere al asunto (Hesíodo, Anaximandro, Platón, Lucrecio u Ovidio), la palabra puede tener distintas definiciones tales como como “vacío”, “abismo”, “oscuridad” y, especialmente, “desorden” o “confusión”. El caos, como fuerza universal, se opone al Cosmos (κόσμος) que puede traducirse como “Orden” o “Arreglo”. Pensemos que “Cosmos” comparte raíz con “cosmético”.

Aunque, como anticipábamos, su definición depende del poeta o filósofo que lo trate (sobre todo para saber si el caos es el vacío o es el todo desordenado), lo más prudente sería pensar el caos como un estado y no como una sustancia.

Hay algo singular en el Caos: al ser una fuerza universal no teleológica (sin una finalidad que marque su rumbo), hace que nada conserve su forma, lo que favorece el cambio y la inestabilidad. De todo esto se desprende que, para cumplir con su naturaleza, el propio Caos debe ser incapaz de conservar su inconstancia, haciendo necesario que el Caos devenga en Cosmos y luego el Cosmos en Caos. Para explicarlo en otros términos, dice Séneca en la carta 124 a Lucilio: «Es desordenado el ser que en ocasiones puede también no ser desordenado; agitado, el que puede ser tranquilo. Nadie está sometido al vicio, sino el que puede poseer la virtud». Lo que Séneca sugiere es que lo desordenado es verdaderamente desordenado si puede, en ocasiones, no serlo. De lo contrario, su desorden se vuelve una forma de regularidad, porque si siempre es aleatorio, al final termina siendo predecible en su imprevisibilidad. Con mucha sutileza, estas ideas pueden encontrarse en el cuento de Borges “La biblioteca de Babel”, pero no profundizaremos en ello porque hoy lo importante es relacionar el caos con nuestra identidad.

Si tomamos la idea de que el Caos es ese estado primigenio donde conviven tensiones, potencias y contradicciones sin resolverse, la cultura latinoamericana y —muy especialmente— la argentina puede, pensarse precisamente como el resultado de ese Caos originario que nunca termina de devenir completamente Cosmos, pero tampoco se resigna a permanecer puro Caos.

Latinoamérica nace del mestizaje, de una mezcla conflictiva y productiva: lo indígena y lo europeo, lo africano y lo criollo, lo local y lo imperial. Esa mezcla no responde a un diseño previo ni a un proyecto coherente; es, más bien, una yuxtaposición dinámica de elementos que se encuentran, chocan, se fusionan, se resisten y se reinventan. En ese sentido, la identidad latinoamericana comparte esa lógica caótica: su potencia proviene de no tener un principio único, sino múltiples orígenes superpuestos.

La Argentina, por su parte, es un caso extremo —casi paradigmático— de esta operación caótica. Desde sus mitos fundacionales, la Argentina surge de rupturas y tensiones insolubles:

  • Patriotas y realistas,
  • civilización y barbarie,
  • unitarios y federales,
  • inmigración masiva y cultura criolla,
  • lo culto y lo popular.
  • peronismo y antiperonismo,

incluso podríamos sumar el enfrentamiento entre Boca y River. Cada uno de estos pares funciona como una dualidad irresuelta, un sistema que oscila sin estabilizarse del todo. La identidad argentina se forja en esta lógica de alternancia: cuando uno de los polos intenta fijarse como orden definitivo, el otro irrumpe y reintroduce el desorden, poniendo en evidencia que nuestra historia no tiende a un Cosmos final, sino a un movimiento permanente entre ordenamientos provisorios y rebrotes de caos creativo.

De la misma manera que vimos en el Caos antiguo, podríamos decir que la Argentina solo puede ser ella misma cuando alterna entre lo caótico y lo ordenado, cuando experimenta ese vaivén que impide que algo se estabilice para siempre. Si lo caótico fuera permanente, dejaría de serlo; si el orden se consolidara del todo, nuestra identidad perdería su dinámica. Por eso, la cultura argentina se reconoce en esa tensión constitutiva: en la coexistencia conflictiva de elementos que no encajan del todo, pero cuya fricción misma es el motor que pone en movimiento nuestra identidad.

En última instancia, así como el Caos precede al Cosmos y lo contiene en potencia, la identidad argentina podría entenderse como un Cosmos inacabado: un arreglo parcial que constantemente se desborda y se rehace, sin cerrar nunca de manera definitiva sus contradicciones. Su fuerza está precisamente ahí, en esa incomodidad fértil, en ese movimiento perpetuo que impide la quietud y hace posible la invención.

Y, hablando de movimientos, si la identidad argentina nace de tensiones irresueltas y mezclas conflictivas, el peronismo como Movimiento es espejo de ese Caos que nos constituye porque, más que ningún otro fenómeno político, es la más clara expresión de nuestra idiosincrasia.

No solo por su origen heterogéneo sino porque desde su nacimiento está atravesado por fuerzas que se contraponen sin anularse. El peronismo es Cosmos y Caos, es apolíneo y dionisíaco. Ha generado momentos de fuerte organización, institucionalidad y proyecto nacional (su Cosmos), y también etapas de dispersión, contradicciones internas, giros bruscos y tensiones irreconciliables (su Caos). Su potencia histórica radica justamente en esa capacidad de moverse entre ambos estados: ordenar y desordenarse, incluir y tensionar, agrupar identidades dispares bajo un paraguas común que nunca deja de crujir por dentro.

Si el Caos es el estado donde nada conserva su forma, pero donde todas las formas son posibles, entonces la tarea política no es negar el Caos, sino convivir con él, usarlo como motor de mezcla y no como excusa para la destrucción.

Amigarse con el Caos constitutivo de lo argentino y, particularmente, del peronismo significa:

  • aceptar que hay múltiples sensibilidades y tradiciones dentro del movimiento;
  • que las tensiones internas no son anomalías sino parte del ADN;
  • que ninguna facción puede arrogarse el monopolio de la identidad peronista;
  • que el orden no se logra suprimiendo diferencias, sino articulándolas hasta encontrar su síntesis dialéctica.

En ese marco, lo clave sería alcanzar (o al menos tender hacia) la mezcla armónica: no un sincretismo forzado, sino un proceso de acercamiento en el que, si hay necesidad de tomar distancia, sea solo para ver con mayor perspectiva lo que tenemos en común con el otro compañero y no para romper los puentes que permiten la recomposición de un proyecto.

Esta forma de “amistad con el Caos” implica comprender que la identidad peronista —como la identidad argentina en general— solo funciona cuando se aceptan dos cosas simultáneas:

  1. que no habrá nunca un orden definitivo;
  2. que aun así es posible construir acuerdos amplios que sostengan un horizonte común.

Así como en la cosmología antigua el Caos deviene Cosmos y el Cosmos vuelve a desbordarse en Caos, la vida política argentina, y el peronismo como su expresión más intensa, se mueve en ese vaivén. La salida no es elegir uno de los polos, sino aprender a habitar el movimiento mismo, reconociendo que la mezcla no es una amenaza: es la condición de posibilidad de nuestra identidad y, quizá, de toda renovación política futura.